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lunes, 25 de enero de 2010

La venganza...

Un hombre que se encuentra en el casino de Tigre, y después de quedarse sin dinero y a las cuatro de la mañana, para un taxi y le dice:

-Buenas... mirá, tengo un problema, necesito que me lleves a Adrogué, pero como me patiné toda la guita en el casino, me dejás en la puerta de mi casa, yo subo, que vivo en un piso primero y te bajo el dinero.

A lo que el taxista le responde:

-No, esa mierda no me la creo.
-Dale che, necesito que me lleves, que me quedé sin un mango...
-No te llevo una mierda, andate caminando.

La cuestión es que al final no sé como llegó a Adrogué.

Al cabo de un mes vuelve a ir al mismo casino y le va de maravilla y se gana 50,000 pesos. Sale del casino otra vez a las cuatro de la mañana para tomar un taxi y ve que hay una cola de 20 taxis por lo menos, y se da cuenta de que el último de todos era el del otro día, y dijo para sí mismo:

-A éste hijo de puta hoy sí que lo garco...

Va al primer taxi y le dice al taxista:

-Hola, buenas noches. Te doy 100 pesos si me lleva a Adrogué, pero con una condición. Y le dice el taxista:
-Sí, sí, la que sea, la que sea.
-Que cuando lleguemos allí me la chupes.
-Vos estás loco... Buscate a otro.

El segundo taxi:

-Hola, ¿qué tal? Te doy 100 pesos si me llevás a Adrogué con una condición: que cuando lleguemos allá me la chupes.
-Tomátelas antes que te cague a palos...

Así con toda la cola, y cuando llega al último, que era el del otro día, le dice:

-Mira, te doy 100 pesos si me llevas a Adrogué, pero con una condición.
-Sí, claro, la que sea.
-Que cuando pases por delante de todos estos taxis saques la mano y grites: "¡Voy para Adrogué, voy para Adrogué!"

viernes, 22 de enero de 2010

Mi lugar en el paraiso

Había una vez en un pueblo, dos hombres que se llamaban Joaquín González. Uno era sacerdote el otro era taxista. Quiere el destino que los dos mueran el mismo día.
Entonces llegan al cielo, donde les espera San Pedro, que le pregunta al primero que se presenta:

- ¿Tu nombre?
- Joaquín González.

- ¿El sacerdote?
- No, no; el taxista.

San Pedro consulta su planilla y dice:

- Bueno, te has ganado el Paraíso. Te corresponden estas túnicas de seda con hilos de oro y esta vara de oro con incrustaciones de rubíes. Puedes pasar.
- Gracias, gracias... - dice el taxista.

Pasan dos personas más y luego le toca el turno al otro Joaquín, quien había presenciado la entrada de su paisano.

- ¿Tu nombre?
- Joaquín González.
- ¿El sacerdote, verdad?
- Sí.
- Muy bien hijo mío. Te has ganado el Paraíso. Te corresponde esta bata de poliéster y esta vara de plástico. El sacerdote, muy sorprendido, le dice:

- Perdón, no es por presumir, pero... debe haber un error. ¡Yo soy Joaquín González, el sacerdote!
- Sí hijo mío, te has ganado el Paraíso, te corresponde la bata de...
-¡No, no puede ser! Yo conozco al otro señor, era un taxista, vivía en mí pueblo y… ¡era un desastre como taxista! Se subía a las aceras, chocaba todos los días, una vez se estrelló contra una casa, conducía muy mal, tiraba los postes de alumbrado, se llevaba todo por delante.
¡Y yo me pasé cincuenta años de mi vida predicando todos los domingos en la parroquia!
¿Cómo puede ser que a él le toque una túnica con hilos de oro y vara de platino y a mí esto? ¡Debe haber un error!

- No, no es ningún error- dice San Pedro. Lo que pasa es que aquí en el cielo ha llegado la globalización con sus nuevos enfoques administrativos. Nosotros ya no hacemos las evaluaciones como antes.
- ¿Cómo? No entiendo...
- Mira, ahora nos manejamos por objetivos y resultados. Te voy a explicar tu caso y lo entenderás enseguida: Durante los últimos cincuenta años, cada vez que tú predicabas, la gente se dormía; pero cada vez que el taxista conducía, la gente rezaba y se acordaba de Dios.
Entonces, ¿quién vendía más nuestros servicios?
Nos interesan los resultados, hijo mío. ¡Re - sul - ta - dos!!